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jueves, 29 de marzo de 2018

AMLO en MILENIO: la otra entrevista

AMLO en MILENIO: la otra entrevista
Luis Ramírez Trejo (Homo vespa)
Andrés Manuel López Obrador le dio la vuelta a la patanería y a la estupidez de Carlos Marín en la entrevista llevada a cabo el pasado 21 de marzo en MILENIO. También respondió con suficiencia y serenidad a la trivialidad del resto de los periodistas que participaron en dicha entrevista. AMLO es, desde hace mucho, el político profesional más talentoso cuando talento se entiende como la capacidad para seducir o negociar con fuerzas obsesionadas en destrozarte. Un verdadero maestro con unas tablas que Maquiavelo podría aplaudir. Es una lástima que AMLO fundamente su propuesta política en dos falacias indefendibles.

1) Toda posibilidad de transformación tiene únicamente dos vías: la electoral (que AMLO mañosamente refiere como “la pacífica”) y la armada. Hay muchas formas de transformar la sociedad de manera pacífica sin participar en las elecciones. En México, como en todo el mundo, abundan los ejemplos: el movimiento del 68, la sociedad civil organizada después del temblor de 1985, la huelga de la UNAM de 1999, el zapatismo, el Congreso Nacional Indígena. Aunque es cierto que el alcance de estos movimientos fue limitado y que algunas de sus corrientes decidieron actuar desde el gobierno u optaron por las armas, muchísimo de su impulso transformó la sociedad en múltiples ámbitos de manera pacífica sin pasar por las urnas. Por otro lado, en el mundo entero abundan los ejemplos de fuerzas opositoras que ganaron el gobierno por la vía electoral, sin que ello resultara en un cambio del régimen de injusticia. De hecho, la alternancia pendular entre partidos, sin que cambie nada para las mayorías, es el pan de cada día con que la democracia electoral sirve su aburrido menú en casi todo el mundo1. El más claro ejemplo de eso en México es la mal llamada transición democrática con la que la candidatura de Vicente Fox acabó con décadas de hegemonía priísta, con el único resultado de perpetuar el sistema de injusticia que desde siempre ha privado en el país.

2) Se puede llevar a cabo cambios reales para la mayor parte de la gente sin afectar a los poderes capitalistas de una sociedad. Esto es falso en cualquier parte del mundo; pero más en México, uno de los países más desiguales que existen. En México, un puñado de poderosos concentra el poder político y acapara la riqueza material; mientras que la mayor parte de la población carece de los medios para incidir en cuestiones públicas y para acceder a los recursos del país. Aunque hay muchas publicaciones que lo denuncian, baste una referencia a manera de ilustración: un estudio reciente de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) establece que en México dos terceras partes de la riqueza en forma de recursos físicos y financieros pertenecen al 10 por ciento de las familias. De hecho, en este sentido el 1 por ciento de las familias concentran más de un tercio de la riqueza nacional2.

En este contexto, cualquier intento de justicia social o de distribución igualitaria forzosamente afecta al pequeño grupo que ha depredado, por décadas, a la mayoría de la población. Sostener que se pueden hacer cambios significativos sin afectar a ese grupo es no asumir los costos políticos de las intenciones de justicia social que se defienden. Nunca ha sido posible promover un estruendoso concierto de rock en una sala con 600 bebes dormidos sin que ningún caprichoso infante se despierte de su plácido sueño. De cumplir una propuesta tan contradictoria, es evidente que el destino del concierto es efectuarse sin saltos, sin gritos, sin rock, sin cantante, sin instrumentos musicales y finalmente sin concierto...

No es difícil percatarse de que esta domesticada actitud de AMLO es muy distinta a la de su candidatura en el año 2006. En aquel lejano tiempo, el hoy candidato de MORENA se daba el costoso lujo de “mandar al diablo las instituciones”. En ese entonces y en la actualidad, cualquier política a favor de las mayorías en México debe siempre mandar al diablo instituciones diseñadas para mantener el estado de injusticia imperante. No se trata de radicalidad, como se le acusó al tabasqueño, sino de mera consecuencia con la democracia cuando esta se entiende no como un sistema de mera asignación de cargos, sino de transformación social para el beneficio de las mayorías.
El alejamiento de AMLO de esa supuesta radicalidad es un movimiento necesario en la lógica electoral para acceder a la presidencia. Sin embargo, la experiencia internacional de la izquierda nos enseña que cuando lo moderado se modera, no hay nada que lo diferencie de manera efectiva de la derecha. Ese es el caso de AMLO: un candidato que ni en el 2006 fue revolucionario, socialista, comunista o siquiera cercano al mejor populismo de izquierda de Latinoamérica3, pero que al menos por mucho tiempo mantuvo un discurso de resistencia a la hegemonía económica. Los poderes capitalistas en México pueden estar tranquilos: AMLO desde hace años ha terminado por ser, en un ejercicio de moderación, franco aliado de esa hegemonía que tanto denunció. No es nada para celebrar: millones de personas de inmensa valía depositan en su propuesta política una esperanza de justicia destinada, con el triunfo de AMLO o de cualquiera de sus adversarios, al fracaso. Algo distinto tendremos que inventar.

Como un ejercicio de periodismo imaginario, género al que los escritores tenemos acceso sin importar si tenemos acreditación o si nuestro rating es descomunal, abajo les compartimos la transcripción de una larga entrevista que AMLO nos concedió con respuestas concretas y exentas de evasiones. Ha sido muy complicado transcribir el tan característico acento del tabasqueño, así que a cada una de las respuestas de AMLO, el lector debe agregar la parsimonia y el carajtarijtico ajento del peje, pero no lagarto (López Obrador dixit).

Buenas noches Andrés Manuel López Obrador. Es un gusto tremendo tenerte aquí en nuestro programa de Homo vespa. Si te parece vamos al grano sin dilaciones.
Buenas noches. Muchas gracias por la invitación.
Sobre la desigualdad
Uno de los principales problemas de México es la desigualdad. De llegar a la presidencia, ¿le quitaría los privilegios a los imperios capitalistas que encabezan Slim, Azcárraga, Germán Larrea, Roberto Hernández, Alberto Bailleres y otros?
No. Mi estimado Alfonso Romo se está asegurando de que los capitalistas comprendan que no voy a atentar contra ninguno de sus intereses. Cuando goberné la Ciudad de México trabajamos con muchos de ellos. Los hicimos mucho más ricos de lo que eran y ellos ayudaron a incrementar mi popularidad.
¿Se da cuenta de que eso tuvo muchas consecuencias negativas? Implicó, entre otras cosas, la expulsión de mucha gente de sus lugares de residencia, debido a la gentrificación de la Ciudad de México.
Pues sí. Hubo zonas que se volvieron muy caras; pero, el Centro, la Colonia Roma, la Condesa, el Sur de la Ciudad son ahora lugares bellísimos para invertir y visitar. En todo caso, las ciudades son para quien pueda pagarlas.
El Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM (CAM)4 ha publicado varios reportes en donde documenta que, para cubrir el costo de la canasta básica, el salario mínimo debería ser al menos tres veces mayor. ¿Usted triplicaría el salario mínimo y obligaría a las grandes empresas a pagar muchos más impuestos para redistribuir la riqueza?
No. Eso atentaría contra las ganancias de las grandes empresas; si lo hago, esas empresas me van a derrocar.
Para reducir la desigualdad, ¿reduciría el salario de cualquier funcionario, incluyendo los de alto nivel, a unas 10 veces máximo el salario mínimo?
No, nadie trabajaría en el gobierno si no existiera la promesa de volverse al menos un poco rico. Además, yo mismo gano unos 50,000 pesos al mes de lo que me da MORENA más las regalías de mis libros. Con trabajos me alcanza para tener una que otra propiedad y vivir decentemente.
La mayor parte de los mexicanos no tienen propiedades o las deben pagar con décadas de trabajo...
Sí, es terrible ser indecente...
Sobre el ejército y la seguridad
¿Sacará al ejército de las calles?
No, lo pondré en coordinación con otras entidades en una Guardia Nacional.
Es decir que en el fondo seguirá con la política de seguridad militarizada inaugurada por Felipe Calderón Hinojosa
Así es. En este momento no tenemos otra opción.
Esa política ha traído muchos problemas de violación de los derechos humanos por parte de elementos del ejército. ¿Juzgará a los militares involucrados en crímenes?
No, el ejército en México disfruta de impunidad.
Bueno, una alternativa a la militarización de la seguridad pública es explorar la descriminalización de las drogas. Es una medida que ha avanzado en muchas partes del mundo. ¿Usted impulsaría dicha despenalización en un mercado controlado acompañado de proyectos de atención a la adicción?
No. En todo caso lo consultaría con la sociedad. Al final no creo que se pueda llevar a cabo. La sociedad mexicana es hasta más conservadora que yo...
¿Aunque sea la única medida que ha mostrado cierta efectividad para hacer algo contra el narcotráfico?
También es la medida más osada y este Peje nada entre olas, pero no las hace. Es mejor atacar las causas que hacen que los jóvenes se enrolen en el crimen organizado.
Supongo que se refiere a su propuesta de dar apoyos económicos a jóvenes. ¿En serio cree que para un muchacho pobre una beca mensual de poco más de 2,400 pesos o un salario de aprendiz de 3,600 pesos puede competir con las decenas de miles que ese muchacho puede conseguir de enrolarse en el crimen organizado?
No puedo saberlo. Creo que muchos preferirán las becas o el trabajo al riesgo que implica participar en el crimen organizado. Eso espero.
Otra posibilidad no excluyente, sería acabar con el tráfico de armas y de dinero ilegal. ¿Usted cerraría la frontera con EEUU al flujo de armas hacia México para detener la industria de la muerte del crimen organizado?
Me encantaría, pero no creo que pueda hacerlo. Hay mucho dinero estadounidense de los productores de armas de por medio y ellos son muy poderosos. Ese tigre yo no lo suelto...
¿Rastreará el flujo de dinero del crimen organizado y perseguirá a las industrias, bancos y políticos que lavan dinero?
No joven, se cae la economía de todo el país si hago eso. Hay sectores completos de la economía de México que dependen de una u otra forma del dinero ilegal. Mejor proponemos una amnistía y así, en una de esas, hasta ganamos inversores.
Es decir que usted está consciente de que no puede luchar contra el dinero proveniente de la industria del crimen.
No hay gobierno en el mundo que pueda hacerlo.
Sobre la corrupción
A propósito, se da cuenta que el dinero del crimen tarde o temprano acaba en la política. ¿Eso no implica que cuando el dinero ilegal llegue a su gobierno, éste sería, en todo caso, un gobierno corrupto?
No, soy Peje pero no lagarto. Si yo, como presidente, soy honesto toda la estructura del gobierno hacia abajo será honesta.
Eso no es cierto, cuando usted, que presume su honestidad, dirigió el DF el sector policíaco y el de la administración de justicia, por ejemplo, permanecieron corruptos. A la fecha siguen corruptos.
Eso fue un compló del Fondo Monetario Internacional.
¿Es mucho pedir que un candidato que siempre dice que acabará con la corrupción de veras la erradique? ¿Por qué?
Acá entre nos, porque mucha gente con la que tienes que trabajar puede tener negocios no muy inocentes. No puedes echarte a todos encima. Pero de eso no voy a hablar aquí.
Está bien. En Homo vespa no obligamos a contestar a nadie. Sin embargo, hablando de corrupción, el que MORENA se haya vuelto lo que se conoce como un partido atrapalotodo o, en términos de Luis Hernández Navarro, un Arca de Noé5que recoge a todo político oportunista ¿no es una forma de corromper al partido?
No veo por qué.
Pues porque consolida el hecho de que los políticos son vividores profesionales que saltan de partido en partido para buscar hueso. ¿Promoverá mecanismos para que esto no suceda?
No, MORENA está llena de políticos así y los necesitamos para llegar al poder.
¿No le cobrarán nada cuando llegue al gobierno: cotos de poder, un puesto en el senado o en el gobierno?
Sí, pero no tengo de otra. Las elecciones se ganan con apoyo de personas o colectivos que mueven grandes cantidades de votos. Uno hace pactos para tener esos votos sin comprometer la santa esencia del partido. Así fue, por ejemplo, nuestro pacto con el Partido Encuentro Social (PES).
Pero eso significa que por más que quiera transformar las cosas, sus compromisos y contradicciones con sus aliados pueden arrastrarlo.
Ya te lo dije: no hay otra forma de llegar al poder.
En todo caso, eso también implica que usted trabaja con las mismas prácticas clientelares del PRI, PAN, PRD y el resto de los partidos.
Claro que no. Acá las siglas son distintas.
¿Llamará a ciudadanos capaces no morenistas a hacer gobierno?
Quizá a alguno pa' taparle el ojo al macho; pero primero están los que me han apoyado. Ellos merecen un puesto. Así propuse mi gabinete, por ejemplo. La lealtad también se cobra.
¿Después de todas sus respuestas todavía le podemos creer que acabará con la corrupción?
Siguiente pregunta.
Sobre las reformas educativa y energética
¿Echará atrás la reforma energética?
Sí quiero, pero no es seguro que pueda. Necesitaría el apoyo del congreso para echarla atrás. No creo ganar los dos tercios necesarios para lograr la mayoría en el congreso.
¿Entonces qué va a hacer con esa promesa de campaña que ha defendido por más de una década?
Diré que haré consultas sin especificar las formas. Revisaré los 92 contratos existentes y, si puedo rechazar o corregir algún contrato sin molestar mucho a los empresarios, lo haré.
¿Echará para atrás la reforma educativa?
Sí, no es una reforma educativa, sino una reforma laboral. Toda reforma educativa tiene que hacerse con los profesores y no a costa de los profesores.
En eso estamos de acuerdo, pero ¿si sabe que los sistemas de educación media superior y superior que usted impulsó en el DF tienen graves problemas de egreso y de inserción laboral?
Sí lo sé, pero no es culpa de los profesores.
Claro que no es culpa de los profesores, tampoco de los estudiantes; pero mientras no se cambié la educación de manera integral, es decir, involucrando a padres, estudiantes, profesores, comunidades, presupuestos y medios de comunicación será muy difícil hacer algo por los jóvenes mexicanos que casi siempre tienen desventajas educativas mayúsculas.
En eso tienes razón.
Y eso no se soluciona sólo con becas, sino con proyectos educativos integrales.
Bueno sí. ¡Ah qué lata contigo!
¿Tiene alguna propuesta?
Así de botepronto, no.
Por ejemplo, ¿le quitaría la concesión a las televisoras que tanto daño, al menos en el ámbito educativo, han hecho a México?
No, ya tengo un pacto de no agresión. Yo respeto sus intereses y ellas no me hacen tanta guerra sucia.
Minería
¿Cancelará las concesiones mineras?
No. De hecho como ya dije en mi decálogo de acciones contra la política de Trump debemos “lograr una mayor inversión de las empresas mineras canadienses en México, con salarios justos y cuidado del medio ambiente”6
¿Se da cuenta de que las mineras canadienses son justo las que más han sido señaladas como negocios en cuyos desarrollos unos pocos se llevan la mayor parte de la ganancia y destrozan el medio ambiente?
Puede ser pero, ya lo dijiste tú, habría desarrollo y empleo. Eso es más importante.
¿Se refiere a desarrollo capitalista?
¿Hay otro?
Comunidades y autonomía
Hablando de eso de las mineras, muchos proyectos mineros están en territorios indígenas. ¿Promoverá el manejo autónomo de los bienes comunes de pueblos y comunidades en contra de los megaproyectos capitalistas?
No, no podemos dejar que las comunidades manden sobre esos recursos. Hay muchos proyectos posibles de desarrollo ahí.
Entonces ya más en forma ¿cumpliría los acuerdos de San Andrés?
Me gustaría, pero depende también del congreso y eso, como ya dije, no está en mi control. Además, como te decía muchas comunidades viven en lugares que les interesan a proyectos de desarrollo. En ese sentido habría que revisar los acuerdos de San Andrés, pues son excesivos.
Peje, el Neoliberal
Parece que de ser presidente, lo que podría y querría hacer en casi todos los ámbitos es muy distinto a lo que la gente espera de usted. ¿Eso no le parece una forma de traición?
Pues si la gente me apoyara en serio podría hacer algo más profundo.
¿No cree que la gente le apoye en algo más fuerte?
La verdad no. El pueblo mexicano es bien bonito, pero a lo más apoya con su voto. Los que están dispuestos a hacer política en las calles, las escuelas, las instituciones son mucho menos. Además, no es seguro ni siquiera que esos estén conmigo.
¿No alcanza?
No, no alcanza. Los intereses de los capitalistas son enormes.
Sin cambios profundos, su gobierno terminaría siendo muy parecido al de un gobierno neolibreral estándar, ¿no cree?
Honestamente sí, pero no lo digas tan fuerte que nos puede reclutar la mafia del poder.
Ya que usted no es lagarto, ¿Es usted Peje, el neoliberal?
Bueno, eso suena poco pragmático. Es aún más largo que Pejelagarto
Pero más preciso...
Puede ser...

1.Puede parecer sorprendente pero la democracia electoral no es la única forma de entender la democracia, aunque sí la más popular. Son muchos los críticos de la democracia electoral; para el caso específico del México actual, remito al lector a mi texto: La política de lo posible, Alain Badiou y el fraude a la democracia.
3Es posible defender que los gobiernos del llamado ciclo latinoamericano en Argentina , Ecuador, Bolivia, Venezuela, Brasil, entre otros, abrazaron alguna forma del populismo de izquierda teorizado por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en textos como Hegemonía y estrategia socialista y La razón populista. Ha pesar de los esfuerzos del intelectual morenista Héctor Díaz Polanco, AMLO siempre se ha desmarcado o ignorado tales influencias. El lector interesado puede ver un buen programa sobre populismo de izquierda en latinoamérica en Fort Apache.-¿Cambio de Ciclo en América Latina?

4http://cam.economia.unam.mx/category/li/salarios/

5http://www.jornada.unam.mx/2017/03/14/opinion/016a2pol


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martes, 20 de marzo de 2018

Stephen Hawking o la educación sentimental de los frikis raspa


Stephen Hawking o la educación sentimental de los frikis raspa

Luis Ramírez Trejo (Homo vespa)

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Entré a la preparatoria número nueve de la UNAM aún con 14 años. La preparatoria Pedro de Alba se encuentra en Insurgentes Norte casi llegando a Indios Verdes. Es decir, en el filo de la ciudad: en ese punto en que no se sabe si el Apocalipsis tiene fin o se esboza un infierno aún mayor.

Como casi todos mis compañeros, yo venía de uno de los municipios colindantes del Estado de México. Aquellos en los que, por décadas, los suburbios de la Ciudad de México han crecido como malas hierbas: espinosos, abundantes, incontrolables y poco agraciados. Ecatepec, Coacalco, Tultitlán, Naucalpan o Tlalnepantla estaban ya desde entonces plagados por poblaciones sin suficientes escuelas, hospitales o parques. Son, desde hace mucho, páramos de concreto cruzados lo mismo por avenidas sucias que por naves industriales o monstruosos centros comerciales. Fecundo desde siempre en expendios de narcomenudeo, embotellamientos interminables, policías fielmente corruptos, el Estado de México en el que crecí no está exento de innegables atracciones turísticas. Sus guajolojets, por ejemplo: folclóricos camiones que cada vez que cambian de velocidad gimen con una carraspera de enfisema pulmonar, y cada vez que pasan un tope, sus tripulantes recuerdan que los amortiguadores no han sido aún inventados en esta tierra de prodigio. Con todo, en estos municipios duerme una multitud que viaja todos los días entre dos y cuatro horas para ir y regresar, con motivos de estudio o trabajo, a una ciudad cuyos costos de residencia no pueden pagar. A estas alturas, no estoy seguro de que se pueda calcular con precisión cuántas personas conforman esas olas diarias de inmigración y emigración, pero a juzgar por mi experiencia en las horas pico en el paradero de Indios verdes, deben ser al menos unas 6,000 millones.

Mis compañeros de la preparatoria y yo éramos afortunados: proveníamos de familias más bien de clase media baja (si esa categoría alguna vez ha existido) o de algo parecido a lo que cualquier secretario de economía cínicamente presumiría como pobreza no extrema. En todo caso, aunque humildes, nuestras familias le daban suficiente importancia a la educación como para pagar onerosos pasajes y comidas en la calle con tal de que sus vástagos tuvieran la mejor formación escolar posible. Incluso algunos teníamos libros propios en casa, además de las enciclopedias Salvat, Grolier u Oceáno que, compradas en abonos, desde entonces conformaban la reserva cultural que toda familia mexicana debe exhibir, sobre todo, para combinar con los colores de la sala.

Los primeros días de clase fueron de reconocimiento. Visitar por primera vez esa inmensidad de canchas, bibliotecas, salones, teatros, laboratorios y alberca obviamente pondría nervioso a cualquiera; mucho más al adolescente que fui: torpe, atolondrado y con cierta predisposición irremediable a la ansiedad. Recuerdo que, aturdido como suelo caminar, me tropecé con una cancha de frontón que se encontraba en el tercer patio. Al pie de una de las jardineras, un grupo de muchachos se reunía espontáneamente. En honor a cierto pudor escaso entre los escritores al hablar de sí mismos, pero vigente en lo que respecta a sus amigos, aquí describiré ese grupo con nombres y apodos inventados.

Escuchando concentrados las intervenciones estaban el mapache, un muchacho alto, delgado y de lentes profundísimos; la chiquis, una tierna pecosa presuntamente fugada de la primaria; el Batman, un joven taciturno vestido de un tono oscuro que contrastaba con su sonrisa más bien inmediata; Romina, una chica delgada cuyo semblante revelaba un alma enorme; Fabiola, simpática y parlanchina como ninguno de los convocados; y el Búho que, desde el fondo, sonreía y hacía ruidos extraños más parecidos a las exclamaciones de un ave nocturna que a las palabras de un ser humano.

Después de las presentaciones incompletas que caracterizan al desenfado, sin saber muy bien por qué, empezamos a discutir sobre Stephen Hawking. Puede ser que los envidiosos piensen que necesitábamos esconder nuestra inseguridad presumiendo entender algo que se antojaba trascendente y casi sobrenatural. Sin embargo, lo cierto es que para entonces el enclenque científico inglés ya era famoso, más por su aspecto de insecto torcido y vapuleado por alguna tormenta imprevista que por la comprensión de sus teorías. Es indudable, la distrofia neuromuscular de Hawking siempre fue benéfica para su fama pues alimentaba, de manera insuperable, el mito del genio físicamente condenado en pago por los desmesurados dones intelectuales recibidos por la gracia divina.

La popularidad de Hawking era tanta que incluso nosotros lo conocíamos, aunque ninguno era hijo de artistas, científicos, profesores o gente de alguna alcurnia intelectual; nuestros padres eran más bien mecánicos, taqueros, desempleados, comerciantes, músicos de boda, funcionarios de medio pelo y uno que otro traficante de enseres religiosos. Con excepción de la chiquis que, supimos después, había participado en concursos nacionales de matemáticas, y la afición del mapache por la Física, nuestros intereses no eran particularmente cercanos a las preguntas sobre el origen y el destino del Universo. Yo mismo —que por alguna extraña razón siempre me sentí atraído por la labor de los hombres de ciencia y que devoré en la infancia todos los documentales piratas de Biología que conseguí— pensaba que el amor a la Física era sólo para extraterrestres o desahuciados como Hawking. Era lo esperable en estudiantes de 15 años de un país miserable cuyo gobierno, dentro de todo lo que no ha hecho, destaca por su nulo interés por el desarrollo de la cultura y el trabajo científicos.

A pesar de ello, pronto quedó claro que Hawking inspiraba una rara reverencia. Quizá no fuera extraño... entre nosotros había lectores intensos de comics y revistas de divulgación científica, fanáticos de películas de ciencia ficción y parapsicología, consumidores de National Geographic y miembros de la generación Cousteau. Aquella mañana en la jardinera, el mapache, siempre modesto, confesaba que no entendía eso de los agujeros de gusano mientras yo trataba de argumentar ─fundamentalmente sin argumentos, pero con algunos datos biográficos─ la importancia de las teorías de Hawking. Creo que no me fue tan mal: quiero pensar que ese día la chiquis, la pequeña pecosa aficionada a las matemáticas que debatía con nosotros, notó mi nerviosa inquietud por la ciencia y decidió que ese desasosiego era medianamente atractivo. Días después, empezamos un épico romance basado en nuestra ñoñería, las dos horas diarias que compartíamos de viaje a la escuela, y nuestra impetuosa curiosidad sexual, que tuvo sus escenarios más frecuentes en aquellos Guajolojets que con tanto cariño recuerdo.

En los próximos tres años varios de nosotros leímos La historia del tiempo de Hawking, que ya era un Best seller en esos días, en una edición en negro y azul con un tufo de misterio cósmico ya desde la portada. En un tiempo sin Internet, los que menos dinero teníamos pedimos prestado el libro. Al final, yo compré mi ejemplar en una colección económica que se vendía en los puestos de periódicos de Las obras maestras del pensamiento contemporáneo. La misma colección, café con dorado, en que por esos días leí a Nietzche, Monod, Darwin y Russell.

A la fecha, creo que el libro de Hawking es de los que más me han intrigado y de los que menos he entendido. Eso no necesariamente es malo. Si algo empobrece a la lectura hoy en día es, por supuesto, que no se lee; pero en caso de que por casualidad se haga, se lee para entender algo. En el extremo se piensa que la educación (y prácticamente la vida en su totalidad) está basada en actos con objetivos claros que, consecuentemente, deben tener resultados tangibles: si haces el esfuerzo de leer un libro, su lectura debe dejarte algo, medible de preferencia. Si no es así, “¿para qué perder el tiempo?”, se pregunta el credo de este utilitarismo ingenuo. Eso puede funcionar para leer manuales de armado de lavadoras, pero no hace más que empobrecer la lectura como experiencia que cambia la vida. La lectura, como el amor, la música, el baile, la indignación o el mero pensamiento suelen no tener propósitos claros a priori o, si los tienen, por fortuna se desvanecen o se transforman en la experiencia misma que nos atraviesa. En efecto, yo leí a Hawking sin muchas expectativas y puedo asegurar que fue muy poco lo que entendí, pero me llevó a otras lecturas de divulgación de la Física: los libros de Sahen Hacyan en la colección La ciencia para todos del Fondo de Cultura Económica y varios ejemplares sobre relatividad de la Biblioteca Científica Salvat. Descubrí que me emocionaba con las explicaciones alucinantes sobre la inseparabilidad del Espacio y el Tiempo, la equivalencia entre materia y energía, y la paradoja de los gemelos en la teoría de la relatividad de Einstein. Aunque nunca pude entender las ecuaciones tetradimensionales de Riemann o las transformadas de Lorentz, de tanto leerlas, juro que sentía que algo de su poder teórico me invadía. ¡Ilusión pura! Claro: siempre supe insuficientes mis limitadísimos conocimientos matemáticos.

Traumas aparte, mis amigos y yo mezclábamos lo que alcanzábamos a entender de Hawking con Robocop, los Caifanes, los X-Men, The cure, Batman, Metallica o la muerte de Superman. El trikes, un amigo tan neurótico como noble, nos emocionaba en los descansos de los partidos de frontón comentando algún capítulo de Cosmos en la serie original de Carl Sagan. Aquella en la que el espigado profesor declamaba, como un nuevo Moisés ante su grey, metido en un saco de pana y en una cabina espacial digna de Star Wars.

Inspirados planeábamos ambiciosos proyectos en la clase de Física de Teobaldo, un profesor sordo, decrépito y lujurioso, que contestaba con explicaciones a preguntas que nunca le hacíamos: recuerdos seguramente de un tiempo tan relativo que ni con Einstein hubiéramos podido elucubrar. Con la ayuda de unos padres más bien divertidos con nuestras extravagancias, retomamos los experimentos del plano inclinado de Galileo, para construir un elevador de poleas y dinamómetros caseros. A pesar de su rusticidad, el dispositivo permitía ilustrar, sin objeciones, las leyes de la mecánica newtoniana e incluso registrar las variaciones aparentes de peso cuando el elevador estaba en movimiento. Por otro lado, a partir del principio de Arquímides, construimos un artefacto para simular la gravedad de la Luna sumergiendo un motor de licuadora en un fluido seis veces más denso que el aire: la glicerina. En esas condiciones, el motor pesaba, según el dinamómetro, exactamente la sexta parte de un motor idéntico sumergido meramente en aire. En efecto, ¡trasladamos el motor de la Osterizer vieja de mi madre a la Luna sin ayuda de la NASA!

Pero no fue sólo la Física, nuestra curiosidad por la ciencia nos llevó a ejecutar proyectos, con éxito variable, de galvanoplastia en Química, control biológico de pulgones por medio de catarinas en Biología, y a pasar, por meses, tardes completas aprendiendo a programar, con gis y pizarrón, en Turbo Pascal 6.0. Escribíamos decenas de líneas de código para lograr que la figura de un Pacman caminara y dijera “¡Hola!” en computadoras escolares sin Internet que usaban discos magnéticos de tres pulgadas y media para guardar información. Una sola unidad de USB de hoy en día sería suficiente para guardar la información de todos los discos existentes en la preparatoria (nota ex professo para los nacidos con el milenio y otras larvas en desarrollo).

Por supuesto, nos ganamos el cariñoso rótulo de nerds, pero la verdad es que nunca sufrimos esa exclusión que tanto se ha explotado en las malas películas de Hollywood. La ciencia fue parte de las inquietudes que nos atrapaban tanto como los torneos de fútbol, los comics, los libros iniciáticos, el tochito, el frontón, el teatro, la militancia política, la rebelión contra los padres, el rock, la sexualidad acuciante, los desajustes del corazón de aquella edad... Recuerdo que después de varios meses de tórrido romance, en el transcurso de uno de nuestros proyectos de Física, la chiquis decidió cambiarme por un futbolista rockero, guapo y sonriente. Durante las veladas en que nos empeñamos en acabar los pormenores del proyecto, importunaba a mis amigos con mis lamentos de Llorona a media noche. Repetía, con algún otro dolido, el soneto para ardidos de Francisco de Terrazas:

Dejad las hebras de oro ensortijado
que el ánima me tienen enlazada,
y volved a la nieve no pisada
lo blanco de esas rosas matizado.

Dejad las perlas y el coral preciado
de que esa boca está tan adornada,
y al cielo, de quien sois tan envidiada,
volved los soles que le habéis robado.
La gracia y discreción que muestra ha sido
del gran saber del celestial Maestro,
volvédselo a la angélica natura;
y todo aquesto así restituido,
veréis que lo que os queda es propio vuestro:
ser áspera, cruel, ingrata y dura.
Viví aquel rompimiento como todos los desengaños de 15 años: con un dramatismo lleno de resentimiento suicida, dosis infinitas de galletas Marías, y unas cuantas cervezas bebidas con habilidad chapucera. Tembloroso como yonqui en abstinencia confesaba, sin vergüenza, tener un hoyo negro en el pecho. A propósito de los agujeros negros, una de las cosas que explica Hawking en su famoso libro es la tremenda conmoción que significó la Teoría de la Relatividad de Einstein. No estoy capacitado para siquiera glosar las implicaciones de este magnífico logro del gris oficinista de patentes en Suiza, pero sí puedo decir que me asombró por meses que la fuerza de gravedad, ese hecho cotidiano, se explique tan fácilmente en términos de lo que se conoce como el Espacio-Tiempo. Según Einstein, a diferencia de lo que normalmente hacemos, el tiempo y el espacio no se pueden pensar por separado; sino que son parte del mismo objeto en el que nos movemos, comemos, amamos, nos deprimimos y vivimos.
Un famoso diagrama suele ser útil para explicar esto: la mejor forma de entender el Espacio-Tiempo es imaginarlo como una enorme sábana extendida que se deforma con los cuerpos de distintas masas que están sobre ella. Un cuerpo muy masivo ─digamos Agustín Carstens, el gordo ex-gobernador del Banco de México─ hunde la sabana (el Espacio-Tiempo) en mayor medida que algún escuálido tipo Hawking. Como los objetos masivos hunden más el Espacio-tiempo atraen a los que están en sus vecindarios de la misma forma que el esmirriado de Hawking se deslizaría hacia Carstens de sentarlo cerca del gordo tecnócrata. Seguro que sería una situación muy incómoda para el buenazo de Hawking, pero no podría evitarlo porque Carstens hundiría tanto la sabana que casi cualquier cosa cercana sería atraída por su masa. Es a este efecto de atracción a lo que llamamos “fuerza de gravedad” por una lejana tradición newtoniana. Quizá algo de esto explique la forma en que Carstens hundió la economía del país, pero eso no está en la Teoría de Einstein. En todo caso, si trasladamos esta dinámica a escala del Universo, una estrella muy masiva deformará el Espacio-Tiempo mucho más que un planeta o cualquier cuerpo de menor masa. En el extremo, hay cuerpos tan masivos que deforman tanto el Espacio-Tiempo que arrastran tras de sí todo lo que está en sus alrededores; ni siquiera la luz, que le encanta correr a 300 mil km/s, puede escapar de ellos. Esa es justo la idea que permite entender un agujero negro. Es negro no por la amargura de algún despechado ni por algún prejuicio racista, sino porque ni siquiera la luz puede escapar de él.
Como es obvio, mis amigos y yo no necesitamos ser científicos para que la ciencia formara parte de nuestra vida. Nuestra afición, en todo caso, tuvo distintos impactos en nuestros destinos que, por supuesto, en aquel momento no eran predecibles. El Batman se convirtió en diseñador gráfico y crítico no oficial de cine, especialista de un posgrado aún no inventado sobre películas de superhéroes; la chiquis, mi pecosa ex-enamorada, se volvió una feliz contadora y emigró del centro del país; el Trikes estudió matemáticas aplicadas a la computación, me parece que trabaja en empresas de manufactura de software; Romina estudió Ciencias Políticas y está dedicada, en la actualidad, al difícil trabajo de la maternidad; a Fabiola la perdí de vista aún antes de terminar la preparatoria, pero creo que es vendedora de la Coca Cola; el Búho se volvió una mezcla extraña de historiador y viajero trotamundos. Finalmente, el mapache y yo escuchamos los cantos seductores de la ciencia. El mapache decidió entender en serio a Hawking y asociados: se volvió Doctor en Física por la Universidad de Oxford. Yo elegí una carrera científica que me mantuvo ocupado por unos 12 años, primero en neurobiología y después en un posgrado de biología evolutiva. Al final, abandoné la ciencia para aventurar un doctorado en Filosofía en Europa y, posteriormente, me concentré en mis aspiraciones literarias.
En todo caso, para nosotros Hawking y la ciencia no fue ese ámbito sagrado reservado para los genios o los monjes sin religión. Más allá de las reverencias, la ciencia significó un espacio accesible de placer y pasión: un placer en el que es posible recrear la amistad, el amor, la esperanza, la ingenuidad, la curiosidad, y quizá por todo ello, la posibilidad de expandir, por puro gusto, el pensamiento. “Un Universo en expansión”, diría Hawking con su voz metálica de sintetizador electrónico.

Por otro lado, nada de lo aquí escrito implica idealizar a la ciencia. Soy de lento aprendizaje, así que me tardé mucho tiempo en percatarme que los científicos no son esos hombres y mujeres volados de los sesos que transitan ensimismados por los laboratorios en la búsqueda desinteresada de la verdad. No sólo la ciencia, sino la academia en general, es un ámbito como cualquier otro tan atravesado por el poder, el sexismo, el clasismo y las jerarquías. Además, en el México de hoy, la academia es uno de los medios más explotadores que existen en el mundo laboral. Eso no significa que la ciencia como la religión, el arte o la política puedan ser reducidas a sus dimensiones de violencia institucional. Muchísimas personas que conozco se empeña en hacer investigación científica lo mejor que pueden en un país que los desdeña y explota. Estoy seguro que en los momentos en que pueden escapar a la presión de la burocracia, a la precariedad laboral, y a la evaluación mutilante del Conacyt, se sumergen en el mar en el que nadábamos mis compañeros de la preparatoria y yo: la pasión de indagar si las cosas pueden ser distintas a como nos han dicho siempre que son. Una pasión no necesariamente fácil ni inmediata; como toda pasión de alto calibre, una pasión exigente que trasciende las meras condiciones materiales y utilitarias a las que todos estamos sujetos.

Hojeo mi ejemplar de la Historia del Tiempo y encuentro un párrafo que subrayé hace años:

“…el espacio y el tiempo son cantidades dinámicas: cuando un cuerpo se mueve, o una fuerza actúa, afecta a la curvatura del espacio y del tiempo, y, en contrapartida, la estructura del espacio-tiempo afecta al modo en que los cuerpos se mueven y las fuerzas actúan. El espacio y el tiempo no sólo afectan, sino que también son afectados por todo aquello que sucede en el universo.”

Puede ser que la ciencia y la vida puedan ser entendidas de la misma forma. La ciencia, como pasión, está destinada a darle densidad infinita a la vida. Aunque nuestras vidas particulares no sean más que puntos de deformación insignificantes en el Espacio-Tiempo, terminan por afectarlo irremisiblemente. Entre más densa es una vida más afecta a esa estructura. Así que, aunque los cosmólogos aún no lo sepan, es posible que sin la densidad de nuestras vidas, sin esas deformaciones, el Espacio-Tiempo termine por morir de frialdad y de tristeza.



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miércoles, 14 de marzo de 2018

Fotoreportaje del 8 de marzo del 2018

Fotoreportaje del 8 de marzo del 2018

Marcha en la Ciudad de México por el día internacional de la mujer
Fotos: Javier Clériga (Xavotencatl)











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