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sábado, 10 de octubre de 2015

Kapuściński y las tortugas de Ayotzinapa



Hace poco más de tres años, el 28 de septiembre del 2012, durante una entrevista en televisión, Cristina Pacheco deslizó, con una malicia inocente, una pregunta al decano del periodismo servil en México: Jacobo Zabludovsky.

Kapuściński dice que [el periodismo] no es un oficio para cínicos, ¿qué opinas?

Zabludovsky carraspea, duda, titubea, suelta una risa insegura. Al final evade la pregunta con el pretexto de darle voz a las llamadas telefónicas por parte de los televidentes. La incomodidad de la alusión se diluye entre risas. De manera esperable, el imperativo ético en el periodismo que demanda Kapuściński, probablemente el mejor periodista del siglo XX, se le atraganta al ex-emperador de las noticias en Televisa.

En sus últimos tiempos, expulsado de su trono de privilegios, Zabludovsky hizo un mea culpa y su arrepentimiento de fariseo fue saludado por no pocos de sus antiguos detractores. Oscuros debieron ser los días de la memoria para que la negra figura de Jacobo Zabludovsky se haya convertido, en muchos ámbitos, en la de un adalid de la dignidad del periodismo. Quizá tan cristiana amnesia por parte del pueblo mexicano no esté del todo injustificada. A la luz de la rigurosidad y el compromiso periodístico de Ciro Gómez Leyva, Joaquín López Dóriga, Carlos Marín, Ricardo Alemán o Javier Alatorre —sólo por nombrar algunos— el arrepentimiento de Zabludovsky se antoja menos miserable. Después de todo, el corazón magnánimo de México sabe bien que en el país de los ciegos el tuerto tiene derecho a tropezarse unas cuantas décadas. 
 

En todo caso, el México de hoy, un país en el que las masacres y los abusos sin igual forman parte de la tradición, atraviesa por uno de los periodos más oscuros de su historia. En consonancia, el periodismo de los medios más difundidos parece un síntoma más del cáncer putrefacto de remedio no descubierto que corroe el cuerpo del país.

Y es aquí, que en el páramo de Mordor, en el horizonte calcinado de Comala, en el vientre estéril de esta fosa supurante, el colectivo Marchando con letras (y yo agregaría con imágenes para honrar el trabajo de los fotoperiodistas) conformado por 43 periodistas, 20 fotoperiodistas y 3 editores decide dar a luz la edición del libro Ayotzinapa. La travesía de las tortugas. Es un trabajo singular: durante la preparación, el colectivo no recibió apoyo por parte de empresa alguna, los autores sufragaron los gastos de sus propias investigaciones y, como cualquier colectivo, enfrentaron los avances, retrocesos y contradicciones de la organización política. La revista Proceso patrocinó finalmente la impresión, promoción y distribución del volumen. El colectivo Marchando con letras acordó que la totalidad del 10% de las ganancias que le corresponden por concepto de regalías serían destinadas a ayudar a los padres de los normalistas, dolientes desgarrados de esta tragedia.


En todo caso, el resultado no se trata sólo de un libro que recopila las historias de 43 jóvenes desaparecidos, tres asesinados y uno en estado de coma, todos ellos estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Este esfuerzo deja entrever, ante todo, la pujanza, la potencia, las dificultades y limitaciones que conlleva engendrar los milagros imposibles de la Política y el periodismo comprometido. Política con mayúscula. Nunca está de más reiterar que, alejada de las perversiones de los partidos políticos y las instituciones, la Política siempre ha sido esencialmente un campo de creación colectiva y emancipación. El periodismo comprometido, como antítesis del cinismo que censuraba Kapuściński, es una de las muchas formas en que esa Política se despliega.

No es poca cosa. El periodismo en México casi siempre está relacionado con la desvergonzada defensa de intereses nunca declarados del que paga, con su publicidad, el micrófono; de los que dan el permiso para conectar el micrófono; del dueño último del micrófono; de los que conceden no asesinar cuando se enciende el micrófono. Como vemos, los periodistas están sitiados por la hegemonía del micrófono. La referencia a Kapuściński, en este contexto, suena por lo menos ingenua. En un medio tan árido y manipulado, donde además campean la competencia y la egolatría, el cinismo no sólo parece ser útil, sino que se erige como la más plausible estrategia de adaptación profesional. Los más se adaptan con presteza y difunden la opinión del que les llena mejor los bolsillos o les asegura alguna tribuna o coto de poder. Son los periodistas cínicos: esos contraejemplos de la tesis del periodista polaco.

Sin embargo Kapuściński tenía razón, “[el periodismo] no es un oficio para cínicos”1. En contra de las lecturas superficiales, Kapuściński precisa: “ El verdadero periodismo...”. Es decir, esta afirmación aplica al periodismo que apunta a la verdad, esa categoría tan vilipendiada y mal entendida a últimas fechas. A diferencia de lo que popularmente se cree, la verdad —a la que se refiere Kapuściński y cualquier otra— no se fundamenta en la descripción exacta y objetiva del mundo en el que vivimos. Desde Immanuel Kant en el siglo XVIII, sabemos que esa verdad fundada en una objetividad desnuda y transparente es una ilusión: acaso un lindo ideal que guía nuestro conocimiento del mundo. Por otro lado, la verdad tampoco está relacionada con esa actitud que muchos periodistas defienden bajo el discurso de la neutralidad: una supuesta asepsia moral que teóricamente descansa en los datos y que asegura la imparcialidad ante una realidad enmarañada y llena de antagonismos.

En esta confusión, objetividad y neutralidad así entendidas son, en el mejor de los casos, los nombres con los que se quiere evocar el rigor que acompaña un trabajo hecho con pulcritud y minuciosidad. Con mayor frecuencia, ambos conceptos se erigen como dogmas de una modernidad acrítica y mal entendida; nostalgias anquilosadas que ni las ciencias más exactas pueden defender sin trastabillar. En el fondo, en las situaciones concretas, consciente o inconscientemente, todos tomamos partido y desde nuestra subjetividad absoluta proponemos la verdad en nuestros fines, en nuestros conocimientos, en nuestras narraciones, en nuestras decisiones.

Para Kapuściński esto está claro desde el principio: “El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio.” (énfasis agregado). En Kapuściński, el cambio tiene el objetivo explicito de darle voz a los pobres y oprimidos del mundo. Lejos de la impostura de la neutralidad, en esa acción intencional habitan el arrebato de una pasión subjetiva, la toma de una posición inevitable, el despliegue de una verdad en permanente recreación. En palabras determinantes de Kapuściński, el periodismo es inviable para “el que cree en la objetividad de la información, cuando el único informe posible siempre resulta «provisional y personal»”. Empero, este carácter provisional no embarga pobreza o impotencia alguna; justamente porque no es posible describir definitivamente y a exhaustividad el mundo, tenemos la responsabilidad de contribuir y proponer, con la veracidad de nuestros relatos, un espacio de lucha por la justicia y la libertad. Es esa responsabilidad el único antídoto posible contra el cinismo.

Desde el despotismo de Murillo Karam y las oficinas gubernamentales se construyó la verdad histórica: una colección de mentiras concebida como una lápida destinada a clausurar la indagación, a imponer la ignominia, a cercenar no sólo la historia, sino las historias. En este contexto, esfuerzos como el de Marchando con Letras cobran toda su relevancia. Con la férrea convicción de que la historia se construye en la multiplicidad y desde abajo hacia arriba, la memoria condensa los detalles, asienta las singularidades, los nudos personales que los discursos oficiales, académicos, o mediáticos, con tanta frecuencia desdeñan. Los relatos de los sueños, las frustraciones, las inconsistencias y valentías de las personas concretas constituyen, en sí mismos, una rebelión en contra de la opresión monolítica de la verdad oficial. Los relatos terminan por embargar una potencia quizá no prevista: proponen desde su seno abundante la riqueza múltiple de Abel, Saúl, Marco Antonio, Israel, Giovanni y el resto de los estudiantes: el bailarín, el campesino, el futbolista; el tribi, el pilas, el copi; el que soñó con ser médico, policía, jinete; el que amaba la música de banda, el breakdance o las cumbias. La operación rinde frutos a espuertas: se desnuda con nueva profundidad la crueldad y el crimen de lo acontecido a manos de agentes del Estado la noche fatídica del 26 de septiembre del 2014.

Jhon Berger, un colega afín en toda dimensión, sentencia en una plática con Kapuściński: “Lo contrario de un relato no es el silencio o la meditación sino el olvido.” Es en este sentido que Ayotzinapa. La travesía de las tortugas es un esfuerzo colectivo que a través del relato elige la verdad que reside en resistir al olvido, preservar la rabia, reinventar el silencio, el grito, la lucha.

¡Vivos se los llevaron! ¡Vivos los queremos!


Luis Ramírez Trejo
1 Las citas de este texto se pueden consultar en el compendio de tres entrevistas realizadas a Ryszard Kapuściński en el libro: Kapuściński, Ryszard, Los cínicos no sirven para este oficio :  sobre el buen periodismo. México, D.F. :   Editorial Anagrama,  2013.

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