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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Caso Portugal: descriminalizar las drogas sí ayuda a combatir al narcotráfico


La guerra contra las drogas es nuestra segunda guerra civil.

Richard Nixon, presidente de Estados Unidos de 1969 a 1974


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Agrio, mentiroso, paranoico y egocéntrico serían algunos de los adjetivos para describir al expresidente estadunidense que inauguró la guerra contra las drogas como una política de alcance mundial. En 1969 Richard Nixon ordenó el cierre de la frontera con México y comenzó una cruzada sin tregua contra el tráfico y uso de estupefacientes. Una curiosa excepción la constituyeron las anfetaminas, que eran ya producidas en cantidades descomunales por las principales farmacéuticas estadunidenses. Después de todo, Nixon le tenía más que afecto a otra pildorita, el Dilantín, que usaba como antidepresivo para soportar la tragedia de ser él mismo.

Con el tiempo, la política de la guerra contra las drogas de Nixon ocasionó que poderosos grupos criminales dominaran una industria que involucra capitales sólo comparables con los del mercado petrolero. Sus recursos les permiten transportar y distribuir droga a gran escala, corromper a policías y a gobiernos, y reclutar permanentemente cuadros a nivel internacional. Desde Nixon, el mundo sufre la ineficacia de una guerra que estigmatiza el uso de las drogas, criminaliza a los consumidores, y convierte sociedades enteras en campos de batalla y cementerios de miseria. Es mucho lo que el mundo le debe al espía de Watergate.

Nixon nunca sospechó que uno de sus mayores epígonos surgiría al sur del río Bravo. La ejemplar guerra contra las drogas de Felipe Calderón nos ha dado la oportunidad de experimentar fenómenos únicos en el mundo. Decenas de miles de muertos, innovadoras estrategias para animar las fiestas de adolescentes con asesinatos masivos, el hallazgo de cabezas humanas a manera de esferitas de navidad en las afueras de los ayuntamientos, o el éxito del tiro al blanco en los retenes militares, dan cuenta de la efectividad de la estrategia gubernamental contra las drogas…

Pero mientras nuestro Presidente se empeña en defender su estrategia contra el narcotráfico con la racionalidad de mi sobrino de tres años en pleno berrinche, en otras latitudes, incluyendo Estados Unidos, se exploran políticas mucho más humanitarias y pragmáticas para lidiar con la drogodependencia.

A comienzos de este mes, California rechazó por un estrecho margen (54% vs 46%) la Propuesta 19, que pretendía regular y gravar la producción, consumo y comercio de la marihuana a lo largo de todo ese estado. Aunque para los defensores de la prohibición esto puede significar un triunfo, la propia existencia de una votación así es una muestra de que la tendencia a la descriminalización y tolerancia de ésta y otras drogas, solamente puede negarse desde la seguridad del púlpito o la hipocresía de los foros de política internacional. No hay que olvidar que en 14 estados de nuestro vecino del norte, el uso médico de la marihuana puede ser prescrito sin mucha alharaca para afecciones como falta de apetito, estrés o insomnio.

Arizona es el caso más reciente, pues se acaba de aprobar también ahí el uso de la marihuana medicinal, e incluso quien no esté cerca de un lugar que la venda tendrá derecho a sembrar hasta 14 matas de cannabis en su casa.

Uno de los ejemplos más interesantes en Europa es el del muy conservador y católico Portugal. Hace 10 años, en octubre del año 2000, se aprobó una ley que descriminalizó el uso de todas las drogas, tanto duras como suaves, naturales o sintéticas, en carrujo, pastillita o polvito. Los principales ejes de esta legislación son la erradicación de las sanciones penales a la posesión de drogas y la introducción de comités de disuasión para atender las narcoadicciones.

Esto no significa que las drogas se hayan legalizado, sino que una persona en posesión de drogas es conducida con un panel de expertos que determina qué tipo de consumidor es. Si se trata de un adicto, se le ofrece atención terapéutica no obligatoria.

¿Demasiado Montessori? Quizá, pero las políticas de descriminalización de las drogas han arrojado resultados más que estimulantes. Un informe conducido en 2009 por Glenn Greenwald, de la agencia estadunidense CATO, y el informe 2010 del Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías publicado este mes, acreditan que Portugal goza hoy de una de las tasas más bajas de consumo en drogas claves como la marihuana y las anfetaminas. El consumo de heroína, una de las drogas más populares en Portugal, ha disminuido radicalmente. Otras, como la cocaína, no han sufrido modificaciones apreciables, pero se estima que el consumo general de drogas ha disminuido en 10 por ciento.

En otro ámbito, las muertes por sobredosis y el contagio de enfermedades relacionadas con el uso de drogas por inyección como VIH y hepatitis han disminuido dramáticamente. Estos resultados demuestran la efectividad de una política que no considera a los consumidores como criminales, y que enfatiza el tratamiento como la piedra angular para atacar la narcodependencia. Después de todo, los hospitales son más efectivos que las cárceles.

La erradicación de la barrera del miedo a ser encarcelado ha permitido que cada vez más adictos busquen ayuda y que la violencia relacionada con las drogas haya disminuido: los adictos no necesitan delinquir para obtener dosis de manera gratuita en terapias de sustitución.

Además, la sociedad portuguesa conoce hoy con más precisión los distintos patrones de consumo, lo que permite disminuir la estigmatización y adaptar las respuestas educativas y de atención más allá de la satanización, estupidez y dogmatismo del “Di no a las drogas”.

Por si fuera poco, la sociedad se ha vuelto más exigente en torno a la efectividad de los programas gubernamentales. La lucha contra el narcotráfico también se ha beneficiado: Portugal es hoy uno de los países que confisca más droga ilegal en el mundo.

Ante el flagrante fracaso de su política contra las drogas, el gobierno mexicano aprobó en agosto de 2009 una tímida ley que despenaliza la posesión de mínimas cantidades de diversas drogas, pero intensifica los castigos en contra de las personas que posean cantidades aún ligeramente superiores a los parámetros establecidos. Esta ley no contempla en modo alguno una red de atención a los problemas sociales y de salud derivados de la adicción, ni tampoco a los instrumentos para mejorar los programas de educación e investigación acerca del consumo de drogas.

Así pues, los mexicanos permanecemos en gran medida ignorantes de los patrones de consumo de drogas en nuestro país y los efectos que causa.

Más allá de la retórica del presidente Calderón y su estrategia de aficionado a las largas sagas de Rambo —o Jack Bauer, protagonista de 24, la serie que ha citado más de una vez—, una verdadera lucha contra el narcotráfico en México debe involucrar medidas serias para descriminalizar el uso de drogas, atender los problemas de salud derivados de su consumo, regular su tráfico y comercio, y mejorar la situación de miles de mexicanos obligados a ingresar a las filas del narcotráfico como única forma de sobrevivencia.

Sería ingenuo pensar que existe una receta para solucionar los problemas de violencia que aquejan a nuestro país, pero una iniciativa así tendría muchas más probabilidades de mejorar la alarmante situación en que vive actualmente México.

Muchos dirán que soluciones como la de Portugal son muy caras y exclusivas del Primer Mundo. Sin embargo, la estrategia de Rambo no nos ha salido especialmente barata en términos económicos y sociales.

Es hora que la sociedad discuta y exija alternativas reales al consumo de drogas. Es cuestión de vida o muerte… y esto no es una metáfora.

Ojalá pudiéramos rolar un poquito de sensatez portuguesa a nuestros gobernantes.

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