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jueves, 28 de abril de 2016

Cherán, feminicidio en Ecatepec y Judith Butler II



Cherán, feminicidio en Ecatepec y Judith Butler II

Puedes encontrar la primera parte de este ensayo aquí.


Cuando uno escucha por primera vez la historia de Cherán, no es fácil creer que este acontecimiento haya iniciado con un simple arrebato de cuerpos. El 15 de abril del 2011, un grupo de alrededor de 10 mujeres detuvieron a una de las centenas de camionetas que transportaban ilegalmente la madera robada de los bosques de Cherán. Las camionetas siempre iban tripuladas por hombres armados hasta los dientes. Desde al menos el 2008, no sólo se llevaron la madera de la comunidad, sino que asesinaron, insultaron, humillaron y amenazaron a cualquiera que insinuara un reclamo. Aunque me ha costado trabajo documentarlo, al parecer no faltó la violación de jovencitas; por otro lado, la agresión sexual era pan de todos los días.

Ya cada que pasaba, decían: ya se va a acabar la madera; pero seguimos con las viejas de aquí de Cherán, decían.”1


Me cuenta Margarita con los ojos y las mejillas a punto de reventar. Margarita fue parte del grupo de mujeres que detuvo a la camioneta mencionada en la esquina de Allende y 18 de Marzo, cerca de la Iglesia del Calvario, en el Barrio Tercero de Cherán. Esas mujeres no usaron ningún camión o auto para cerrar el paso a los talamontes. Tampoco recolectaron armas previamente ni planearon una emboscada. Ni siquiera se pusieron de acuerdo un día antes. Los únicos vehículos con que se enfrentaron a los criminales fueron sus cuerpos. Cuerpos que uno contra el otro sostuvieron su convicción frente a una doble rodado. Los suyos eran cuerpos hechos de los mismos átomos que los de los demás: con los mismos tejidos, las mismas cicatrices, las mismas asimetrías de carne, las mismas redondeces, los mismos granos, los mismos excesos. Es decir, en principio, cuerpos como cualquier otro y como ningún otro.

La verdad es que frente a ese grupo de hombres armados, los cuerpos de esas mujeres eran cuerpos que pudieron terminar baleados en cuestión de segundos. Ahí hubieran quedado los huérfanos, los viudos, las madres con las lagrimas rebotando en sus regazos. Por fortuna no fue así. Aunque después se sumaron los jóvenes y el pueblo entero, el horizonte para transformar la realidad se constituyó, al menos en los momentos iniciales, sólo por un manojo de cuerpos de mujer: cuerpos quebrantables en perpetuo riesgo de perderse en el abismo de la muerte. Cuerpos precarios: cuerpos como el cuerpo de Edna.

En principio, la palabra precario aquí es un adjetivo que implica que alguien no posee los medios o recursos suficientes para sostener de manera fundamental su vida; por ejemplo, la vida de una persona es precaria si no tiene recursos para alimentarse, educarse, trabajar, cobijarse del frío o defenderse de algún agresor. Es justo en la certeza de la precariedad de los cuerpos que el pensamiento de Judith Butler despliega toda su relevancia. Butler es una brillante filósofa feminista estadounidense que hace no mucho visitó nuestro país. Su postura llama a la reflexión y al compromiso; la vía que nos ofrece es indagar en cómo la precariedad de los cuerpos y las vidas ayuda a pensar la violencia y a engendrar la resistencia política.

La de Butler es una postura radical que lleva el significado de lo precario a un nivel mucho más profundo que el arriba mencionado. Para ella, el cuerpo de todos está condicionado desde el principio: nuestra vida misma no se puede entender en términos de individuos aislados, porque siempre dependemos de una serie de condiciones sociales que nos dan soporte2. Esas condiciones van desde los padres que posibilitan la vida precaria del recién nacido, hasta la alimentación, apoyo médico, protección y acceso al trabajo no explotador que todos necesitamos durante toda nuestra vida. Esto implica entender que estamos colgados como en un tendedero formado por una red infinita de relaciones que nos sostienen y de las que dependemos. También es darnos cuenta de que nuestra propia vida está siempre en manos de otros, incluso de manera negativa: todos somos susceptibles de ser asesinados, reprimidos, destruidos por personas que podemos conocer o no. Nadie es soberano ni autónomo de manera absoluta. Nuestras vidas son siempre precarias.

Sin embargo, nuestra precariedad no se agota ahí. Hay otra precariedad ―igualmente fundamental—que proviene de que vivimos en interpelación con otros. Del hecho que otros nos hablan, nos demandan todo el tiempo, sin que podamos controlarlo, con un lenguaje plagado de sufrimiento y agonía. Dicho en palabras de Emmanuel Levinas3, de quien Butler adquiere esta concepción, hay un rostro precario que nos llama: el rostro del Otro; el rostro del ser humano que puede ser asesinado; el rostro del miedo con el que vivían los habitantes de Cherán antes de que se emanciparan; el rostro de todos los mexicanos que sufren la violencia súbita por parte del narco-Estado en el que vivimos. El rostro de la Edna asesinada: nuestro propio rostro.

Para Butler el cuerpo, la vida, el ser mismo, sólo se humaniza porque es precario en este último sentido. Nos humanizamos sólo en la medida en que comprendemos que no podemos sustraernos a esos llamados sin renunciar a nosotros mismos como sujetos éticos. Nos humanizamos porque somos vulnerables a esas demandas; porque somos seres porosos, permeables, afectables. Es esa falta de inmunidad donde radica nuestra humanidad. Pero esa humanización de la que habla Butler no proviene de ninguna supuesta naturaleza o esencia humana; tampoco es algún atributo del individuo o del organismo; sino que emerge porque vivir éticamente exige escuchar, con todo nuestro cuerpo, al rostro precario del Otro. Por supuesto, esto no quiere decir que todos atiendan esas demandas. Las personas matan todos los días con una banalidad espantosa, con una simplicidad inmensa, con una indiferencia horripilante. Lo que quiere decir es que como seres éticos tenemos la obligación de asistir a esos llamados; de hecho, es posible que nuestra existencia ética dependa de nuestra vulnerabilidad a esas exigencias.

En todo caso esta dependencia es más profunda que el lugar común de “todos necesitamos de todos”. No hablamos aquí de una relación instrumental como la que tenemos con la cuchara para tomar la sopa o con el lápiz para dibujar. No sólo necesitamos de los demás; es que somos los demás. Mejor dicho: lo que somos, lo somos forzosamente con los demás. Es por eso que cada vez que perdemos a alguien lo lloramos y sentimos “que nos falta algo”. No hay enunciado más literalmente verdadero: hemos perdido algo de lo que somos. Increíblemente, somos vulnerables a esas pérdidas incluso cuando se trata de gente con la que no hay posibilidad alguna de haber tenido relación: un niño sirio ahogado en el mediterráneo, una familia acribillada en Michoacán, un comunero asesinado en Cherán, una mujer masacrada en ciudad Juárez o en Ecatepec.

Para los aficionados a los superhéroes o para los que fuimos educados en la competencia, quizá ser vulnerable se pueda ver como una tragedia: una forma de claudicación, un defecto de acabado por el que hay que encontrar algún culpable. Pero Butler propone una vía muy distinta: es justo esa vulnerabilidad la que quizá permite construir la solidaridad y crear la base de la lucha política. Si eso es así, la vulnerabilidad, al menos en este sentido, sería algo bien distinto a un defecto de fábrica. La vulnerabilidad permitiría luchar con los otros en contra del sufrimiento de los otros que, como ya vimos, somos en gran parte nosotros mismos. La verdadera tragedia en ese caso la sufriría alguien que no pudiera ser vulnerable. Si alguien debe vivir esa tragedia, dejemos que sea Dios, para quienes crean en él, quien cargue con semejante maldición4.

¿Pero cómo es posible que nuestra propia vulnerabilidad nos lleve a la política? ¿Cuáles son los sinuosos caminos que la vulnerabilidad sigue para llevarnos a la lucha por la justicia? En toda la filosofía o la ciencia no hay nada que de recetas para describir o explicar la política. Quizá tampoco sean necesarias esas explicaciones. 
Ir a la tercera parte.

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1 Las citas de los entrevistados son prácticamente transcripciones literales. La edición es mínima, las excepciones son los casos en que la grabación no permitió escuchar claramente al entrevistado.

2 Butler establece una diferencia entre “precaridad” (precarity) y precariedad” (precariousness) .Ver Marcos de Guerra. Las vidas lloradas. México, Paidós, 2010, pp. 13-16. Aquí me refiero a la “precariedad” como condición original inherente de los cuerpos. Lo que Butler llama precariousness.

3 Butler analiza la aproximación de Levinas en Vida precaria, ibid pp. 162-187. Para los interesados en la aproximación original de Levinas, ver: Lévinas, Emmanuel, Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad, Salamanca, Ediciones Sígueme, 2012.

4 Hay varios ejemplos en la literatura que relatan la indiferencia de un Dios narcisista, inhumano e invulnerable. Uno de los mejores ejemplos es la estupenda novela El evangelio según Jesucristo del portugués José Saramago.

5 Estas precariedades específicas se refieren a la asignación de la precariedad por parte de los poderes dominantes. Corresponde a lo que Butler llama “precarity”. Ver Marcos de Guerra. Las vidas lloradas. ibid, pp. 13-16.

6 Ver por ejemplo el excelente texto de Humberto Padgett “Las muertas del Estado: los números del odio”.

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