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lunes, 15 de mayo de 2017

Rita Segato o el feminismo incómodo


Rita Segato o el feminismo incómodo

Apuntes para las Tribulaciones de un feminista insumiso.

La radicalidad del pensamiento suele ser incómoda, pero cultivarla posiblemente sea la única forma en la que las luchas políticas no terminan reproduciendo lo mismo a lo que intentan oponerse.

Dice la renombrada antropóloga feminista Rita Segato en su libro Las estructuras elementales de la violencia que al hablar de la violencia de género está obligada a referirse a «un "sujeto masculino" en contraste con "quien exhibe significantes femeninos", en lugar de utilizar los habituales "hombre" y "mujer" porque, a decir verdad, la violación -en cuanto uso y abuso del cuerpo del otro- no es una práctica exclusiva de los hombres ni son siempre las mujeres quienes la padecen.» En efecto, aunque "un sujeto identificado con el registro afectivo masculino suele ser un hombre, [y que] también es estadísticamente más probable que los significantes de la femineidad estén asociados a la mujer", las mujeres pueden tener perfectamente privilegios de machos patriarcales y los tienen en muchas circunstancias. Paralelamente, los hombres ―independientemente de su preferencia sexual― pueden desplegarse femeninamente y lo hacen, aunque son reprimidos y humillados casi siempre por otros hombres, pero también por mujeres.

La reflexión de Segato resulta fundamental en tiempos en que casi nunca se entiende que la lucha contra el patriarcado no es una lucha ni de las mujeres ni por la defensa de las mujeres; sino una lucha de todos por la defensa de lo femenino que se reconfigura en distintos contextos y por la igualdad de género, que es bien distinto. Un tiempo en el que no pocas corrientes feministas despliegan estrategias que, más allá de su dudosa necesidad coyuntural, terminan por confinarse en una identidad esencializada y acrítica, que se convierte en su propio límite y camisa de fuerza. La sororidad, la victimización exclusiva y monolítica de todas las mujeres, el lenguaje inclusivo, y la generación de espacios seguros en los que a cualquier hombre se le percibe y señala a priori como intromisión o franca amenaza, no infrecuentemente se ahogan en sus propias contradicciones y callejones sin salida.

A este respecto, el pensamiento radical de Segato corre en una vertiente mucho más aguda. Se trata de una perspectiva no centrada en la violencia hacia las mujeres como las víctimas por antonomasia de la violencia de género, sino en las estructuras globales que producen esa violencia. Es una posición sin concesiones:

"No podemos conformarnos ni por un instante con lo literal o lo que parece evidente por sí mismo; si lo hiciéramos, nos alejaríamos cada vez más de las estructuras subyacentes a los comportamientos que observamos.".

Su conclusión es escandalosa para el feminismo obsesionado en la diferencia existencial de opresión de las mujeres. En la entrevista en video en dos partes que se puede ver abajo, Segato concluye con respecto a la violación:

"La primera víctima del mandato de masculinidad es el hombre, no la mujer" y lo que se debe hacer es “instalar en la sociedad una conciencia de género [que nos permita ver] como las relaciones patriarcales nos hacen sufrir a los hombres y a las mujeres, principalmente a los hombres.”.

Las implicaciones de un pensamiento estructural tan riguroso son imprescindibles en un país con una tasa de feminicidios espeluznante y una de asesinatos violentos a hombres que se calcula unas siete veces mayor a la de los asesinatos violentos a mujeres. En todo caso, estos argumentos no pueden ser usados para desacreditar al feminismo pues las estadísticas de la crueldad son irrelevantes a la hora de guiar cualquier lucha política.

Lo importante es que, como Rita Segato, Judith Butler y otras feministas enseñan, la desigualdad de género es un problema estructural que no puede fundamentarse en esencias aislacionistas y que afecta a hombres y mujeres aunque los afecte de formas distintas. Es en esa consciencia en que es imprescindible superar la falsa idea de que las experiencias de opresión masculinas y femeninas son exclusivas de hombres y mujeres respectivamente. En todo caso, es falso que los seres humanos seamos vasos incomunicantes e incomunicables cualquiera que sean las categorías de género que se quieran usar.

La ventaja que ofrecen perspectivas como la de Segato y colegas es que no sólo permiten entender el sufrimiento que el machismo causa en los propios hombres y las mujeres, sino convocar a todos a una lucha conjunta en contra de este tipo de violencia. Una lucha que hombres y mujeres debemos dar no como víctimas resentidas unas y observadores condescendientes y pasivos otros―“aliados solidarios”, en el mejor de los casos; sino como plenos participantes de una lucha en contra de una opresión que nos está matando a todos. En última instancia, la única empatía que cuenta en la lucha por la justicia sólo es aquella en la que no sólo se convoca a la otra, sino en la que uno se encuentra a sí mismo en el dolor de la otra: en el dolor de todos.

No tenemos alternativa, otras luchas lo han mostrado: o luchamos juntos o nos van a matar por separado.


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