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domingo, 29 de marzo de 2015

La Piel y la fosa

Este ensayo fue leído durante la presentación del libro "La Piel del Desierto" en el Centro Cultural España el 20 de enero del 2015.


Alain Badiou, uno de los filósofos más importantes del siglo pasado y lo que va de este, postula que el siglo XX estuvo marcado por una “pasión por lo real” cuyo ejercicio se cristalizó en el crimen masivo, en la crueldad sin mesura1. Badiou nos recuerda que durante la segunda guerra mundial, el régimen nazi, esa máquina asesina, colmó nuestra imaginación con la realidad de un horror pocas veces registrado en tal bestialidad y desolación. A partir de entonces, las imágenes de esas montañas de cuerpos de judíos, de gitanos, de discapacitados, de homosexuales, masacrados y sepultados en fosas multitudinarias, serían para siempre un símbolo del mal absoluto2. Ante esas imágenes, nuestras miradas llenas de espanto se retiran, los párpados se cierran, las caras se voltean. Estamos ante un mal que repugna; que se resiste a ser visto, a ser entendido, a ser aceptado, incluso a ser pensado.

Pero, Badiou precisa, todo lo que no se piensa persiste, se repite. En otros lugares, en otras latitudes, la crueldad humana cobra nuevas formas. En México vivimos nuestro propio holocausto3. El gobierno mexicano desató desde hace más de diez años una guerra que a la fecha ha asesinado a decenas, quizá centenas de miles de personas. Bajo el discurso hipócrita de la defensa del Estado de Derecho, de la guerra contra el narcotráfico, o de la lucha contra la delincuencia, el gobierno mexicano y el crimen organizado han llenado el territorio nacional de borbotones de sangre. El aire que respiran los mexicanos viene cargado, desde hace años, con un tufo de cadaver recién acribillado. Bajo la complacencia y participación de todos los partidos políticos, las montañas de muchas regiones de nuestro país se han convertido en fosas clandestinas en las que los familiares de los desaparecidos se arriesgan, en absoluta orfandad, a buscar los restos de sus seres queridos.

Hoy, pensar a México es pensarlo desde sus salientes más punzantes: desde las fosas con que el territorio nacional se ha convertido en un osario; desde el crimen de estado con que se organiza el asesinato, la desaparición o la simulación masiva. Pensar a México es, hoy en día, dolerse de él, desgarrarse como nos desgarra la injusticia, el bochorno del asesinato sin sentido, la estupidez hecha cuerpo desmembrado. A fin de cuentas, las fosas de Iguala o de Cocula en Guerrero, las de San Fernando en Tamulipas, las de Jalisco, las de Morelos no están, en su esencia, tan lejos de las fosas nazis de la segunda guerra mundial.

Ante la debacle, con un gobierno obsesionado en mantener el peinado y aparecer en las notas de revistas del corazón, el mexicano común está destinado a ser una víctima del abuso permanente. Según parece, la única alternativa que tenemos es cuidar de nuestra familia, nuestros amigos y nuestro trabajo cada vez peor pagado. En fin, cuidar nuestro jardín y nuestro huerto y desear con todas nuestras fuerzas no ser la víctima siguiente.

Sin embargo, aquí y allá, numerosas voces de resistencia sugieren que hay otras posibilidades fundadas posiblemente en su propia imposibilidad.

La historia reciente de la lucha para salvar el territorio sagrado de Wirikuta es un excelente ejemplo de cómo los pueblos originarios –lejos de asumirse como simples víctimas de una cruenta realidad– se coordinan con la sociedad para abrir horizontes inéditos de participación política y defenderse de un sistema cuya voracidad destruye por igual ecosistemas, pueblos, culturas y seres humanos. No son los únicos; otros grupos comparten su lucha de resistencia. Las luchas sindicales, los movimientos en contra de la reforma energética y las protestas contra la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa son voces de resistencia que nadie puede ningunear. El pueblo Yaqui defiende sus recursos pese al asedio permanente del gobierno; la comunidad de Cherán y los hermanos zapatistas desde el sureste nos muestran, también desde hace años, que si hay una esperanza, ésta no se encuentra en los partidos políticos y la política tradicional, sino en la propia capacidad de auto-organización y autonomía.

La Piel del Desierto” intenta, de forma humilde, configurarse como uno de esos discursos de resistencia. Una piel, como cualquier médico sabe, es la primera barrera que protege los tejidos, el cuerpo, la vida. Para nosotros es claro, los wixáritari, con su lucha, son la piel que defiende la vida del desierto sagrado de Wirikuta. Lo único que hacemos los autores en este trabajo es usar nuestros recursos para mediante una indagación rigurosa, una convicción artística y una actitud llena de respeto hacia la cultura wixárika compaginar las posibilidades de los lenguajes visual y literario para adherirnos a la lucha de este pueblo.

Nuestra metodología es simple. En Wirikuta la mirada golosa paladea todos los rincones; los rincones se agazapan escondidos, se burlan de la ambición de la pluma y de la cámara. Al final, sólo quedan fragmentos que se entrelazan, se toman de las manos, se acarician incompletos sin compadecerse, se sonríen entre ellos, se acompañan, se convierten poco a poco en una pedacería de luz, un enjambre de sonidos, un manojo aleatorio de tiempo que con lentitud esculpe la sutileza de una piel: “La Piel del Desierto”.

1Badiou, Alain, El siglo, Buenos Aires : Ediciones Manantial,
 2005.

2 Badiou, Alain, La ética : ensayo sobre la conciencia del mal. México : Embajada de Francia en México: Herder, 2004.
3 En este ensayo no pretendo postular que la tragedia mexicana se puede entender a cabalidad como un ejemplo de la “pasión de lo real” que Badiou identifica en el holocausto nazi y la masacre estalinista. No dudo, sin embargo, que el horror del caso mexicano comparta elementos con las grandes catástrofes humanas del siglo XX.

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