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sábado, 10 de diciembre de 2016

El mexicano y el Teletón: instrucciones para el sentimentalismo indoloro

El mexicano y el Teletón: instrucciones para el sentimentalismo indoloro1

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es mucho más fácil solidarizarse con el sufrimiento que con el pensamiento.

Oscar Wilde2

El cabello brilla como acabado de bolear. Él es alto, fuerte, de hombros anchos; una especie de jugador de fútbol americano venido a conductor. Padece desde joven una patología en el músculo risorio que le obliga a sonreír cada cinco segundos: la dentadura de alabastro es el símbolo perfecto para las marcas de dentífricos. Marco Antonio Regil no sólo es guapo; es elocuente y séntido en el discurso:

Me duele, me duele mucho (y Marco pestañea para que duela más). A pesar de todo lo que hemos visto (y los ojillos de Marco se entrecierran). A pesar de todo lo que hace el Teletón año con año (y a Marco se le escapa una lágrima de reproche). Me duele porque no entiendo (y todo en Marco tiembla en convulsiones: la voz, la mejilla, la cadera, los testículos). No entiendo qué más tenemos que hacer para convencer a la gente que tiene su corazón duro (y Marco dice “duro” con desdén de telenovela). ¿Qué necesitamos hacer para lograr que ustedes levanten el teléfono para dar un donativo al Teletón? (y Marco sorbe mocos; carraspea con la flema atorada). ¿Qué tenemos que hacer? (y Marco levanta los ojos preguntando al cielo). ¡No puedo creer que en hora y media no vamos a poder celebrar llegar a la meta! (y Marco grita como un Pedro Infante clamando por Torito). Me siento frustrado, desesperado, triste (y Marco gime, ¡por favor, ¡por favor!, ¡no me dejes!). ¡Márquen, Márquen, por favor! ¡Ayuden al Teletón! (y Marco es Medea: llora como plañidera, reprocha como Pimpinela, se retuerce como gusano en sal, se ahoga, patalea, se sofoca y después…sonríe).

Marco baja la cabeza, la barbilla encajada en el pecho, los ojos en blanco: la Madre Teresa de Calcuta tirita bajo su esmoquin. Marco Antonio Regil se retira desconsolado, la cámara acompaña su pena; su sonrisa congelada da la bienvenida a Lucero. La promiscua novia de toda América le entra al quite: el sentimentalismo es su especialidad.

Emilio Uranga3, uno de los filósofos más osados y originales que ha tenido México, se habría fascinado ante este espectáculo. Uranga escribió hacia mediados del siglo pasado que la ontología del mexicano, su ser mismo, era la de un ser insuficiente con un carácter profundamente sentimental. Por supuesto, esto no es una membresía de exclusividad: no significa que la carne o el alma de los mexicanos estén hechos de alguna substancia especial que los haga irremisiblemente sentimentales ni que no haya sentimentales en Alemania, Afganistán o la Isla de Tuvalú; sino que el sentimentalismo es un acento particular que singulariza nuestro carácter. En ese sentimentalismo se entremezclan “una fuerte emotividad, la inactividad, y la disposición a rumiar interiormente todos los acontecimientos de la vida”. No es seguro que Uranga haya acertado al tratar de comprender el carácter del mexicano que tantos desvelos dio a pensadores como Samuel Ramos, Octavio Paz o Luis Villoro. No son pocos los que consideran la mera existencia del carácter mexicano una ilusión de filósofos alejados de la realidad concreta del tráfico, el mercado y la banqueta. Sin embargo, es posible que algo de la filosofía de este brillante pensador nos ayude a comprender porque fenómenos como el Teletón subsisten en nuestro país por décadas. En México, el Teletón goza de buena salud a pesar de las múltiples denuncias que se le han hecho como mecanismo de deducción de impuestos de empresas, canalización deshonesta de recursos públicos, y promoción de estereotipos de las personas con discapacidad. Los reclamos han sido muchos; la misma ONU ha expresado su preocupación por las aportaciones millonarias de los gobiernos estatales al Teletón4. Sin embargo, el Teletón sigue ahí con su sonrisa cínica y despreocupada.

Para Uranga, uno de los fundamentos del sentimentalismo mexicano es la emotividad. Esta emotividad exacerbada es resultado de que el mexicano aprende desde la infancia que su vida es precaria: amenazada permanentemente por la catástrofe. Al menos, en este sentido, el filósofo parece estar más vigente que nunca. En pocos tiempos como en el presente, el mexicano ha vivido más amenazado por la realidad, más acosado por la inseguridad, más abatido por la incertidumbre. Ser mexicano es estar “amagado por la destrucción”, diría Uranga. En el México de hoy, la destrucción tiene una gran variedad de expresiones: una bala perdida, un salario miserable, una educación deficiente, un secuestro repentino, un gobernador irritado, una pensión inexistente, un presidente aficionado al gel. En concreto, ser mexicano es ser objeto de una explotación que nos aniquila con presteza o con lentitud; en todo caso, con seguridad.

Para proteger su vulnerable interioridad de un medio tan amenazante, el mexicano rodea su vida por una armadura de cortesías y ceremonias, sonrisas y dobleces, evasiones y rodeos, máscaras e hipocresías5. En todo caso,“Quien vive amagado por la destrucción se siente frágil y destruible y tiende a la protección si valora la vida”, precisa Uranga. Así pues, nuestro sentimentalismo nos predispone a la protección; pero no sólo a la propia, también a la protección, por simpatía, de niños discapacitados que nos anuncian con toda parafernalia en el Teletón. El que los mexicanos deseen proteger a niños discapacitados no tendría nada de malo, si no fuera porque el sentimentalismo del mexicano también implica inactividad. Pero la inactividad de la que habla Uranga no se refiere a inmovilidad: a no hacer nada. Si así fuera, esa inactividad no se aplicaría al mexicano. Los mexicanos hacen muchas cosas: por ejemplo, estar entre los habitantes que trabajan más, tienen menos vacaciones y ganan menos por hora. Es decir, los mexicanos hacen lo posible por sobrevivir; por lo general, están muy ocupados en formar parte de los trabajadores más explotados del mundo.

Sin embargo, la inactividad del mexicano a la que se refiere Uranga es más bien la desgana que nos sobreviene siempre que tenemos que decidir sobre algo que nos demanda atención y cuidado: esa irresponsabilidad de la que solemos abrevar con una sed de maratonista. Esa desgana nos pertmite evadirnos; nos hace postergar continuamente todo para mañana y desentendernos de los quehaceres a la menor provocación, como si con ello desaparecieran nuestros pendientes. El mexicano conoce bien este componente de su carácter y, en su inusitada capacidad para crear nuevas expresiones, lo denomina valemadrismo; derivación de “me vale madre”; es decir, “no me importa en absoluto el asunto”. O mejor dicho, dado que toda irresponsabilidad es elegida, “decido que no me importa en absoluto el asunto”

Pero a pesar de las apariencias, la desgana no es cansancio, desesperación, aburrimiento o hastío: “En la desgana, el ánimo se colora de cierta repulsión por las cosas, de una callada abominación por todo cuanto nos rodea”. La desgana sólo es posible bajo el supuesto de que nos cerramos al exterior, al sentido de las cosas y al sufrimiento de las personas. En ese estado de cerrazón, de repulsa, de ceguera voluntaria, el valemadrismo del mexicano le impide escuchar a cabalidad las súplicas que el mundo le dirige.

Esa desgana opera de maravilla para el Teletón. Mientras nuestra emotividad nos lleva a proteger niños discapacitados, nuestra desgana nos aleja de un compromiso verdadero y de cualquier pensamiento crítico. ¿Quién quiere recordar que la tremenda situación de injusticia que viven los niños discapacitados y sus familias es perpetuada por quienes, como Televisa, concentran el poder económico y rechazan a toda costa cambiar un sistema que les beneficia y que sume en la miseria a la mayor parte de la humanidad? ¿Quién desea acordarse de que las donaciones al Teletón le permiten a Televisa y demás patrocinadores pagar impuestos que podrían ser aplicados a atender –¡oh, ironía de la vida!– a niños discapacitados? La memoria crítica en este caso es sólo falta de delicadeza.
Ante tanta incomodidad, es más fácil un intercambio comercial: por un donativo al Teletón, sentimos “que hacemos nuestra parte”; que estamos eximidos de nuestra responsabilidad de que los niños no dependan de espectáculos para ser atendidos. Damos una dádiva al Teletón porque no estamos dispuestos a dar más que esa limosna para transformar el mundo que hace posible que exhiban a niños discapacitados como sujetos de caridad6. El que dona al Teletón canjea su responsabilidad en una transacción financiera y cuantificable de sentimentalismo puro. En su opinión es una buena oferta. No sólo compra artistas, publicidad y entretenimiento; incluye en un solo y mágico acto comercial, el sentirse bondadoso y caritativo al ayudar a niños Teletón: siempre y cuando los niños estén lo suficientemente lejanos y no impidan cambiarle de canal a la hora de la película o el fútbol.

Así pues, a través de la combinación de emotividad y desgana, el proceso de sentimentalización encuentra su paso intenso y acelerado. El Teletón se apropia frenéticamente de los gelatinosos seres que conforman el público. Ofrece un ideal con sus símbolos: una ilusión prefabricada. El ideal es obvio: la caridad desinteresada. Los símbolos son muchos, por ejemplo, un niñito con las piernas apropiadamente deformadas seleccionado porque es locuaz, simpático, fotogénico y, de pilón, canta bien. La realidad dolorosa de los niños con discapacidad es entonces suplantada, reducida, simplificada, vendida y empaquetada en una cajita de ilusión tipo McDonalds con un corazón morado con la foto del niño en el centro.
Al final, el mexicano sentimental obtiene su recompensa. La ilusión rasurada de complejidades y dolores le da tranquilidad de conciencia sin que se comprometa a nada. Las realidades concretas y llenas de injusticia son siempre demandantes: sus súplicas exigen un exceso, un plus de voluntad para transformarlas. Las versiones simplistas y edulcoradas de la realidad son accesibles, cómodas, incluso deliciosas. Además, el acto egotista y narcisista de consumo incluye un espejo truqueado que arroja siempre una cara de generosidad.

No nos equivoquemos: no hay en las donaciones al Teletón ningún rastro de generosidad. La generosidad es siempre, prosigue Uranga, “una decidida elección de colaboración, una voluntad de simpatizar, de entrar en contacto auxiliador con las cosas, con la historia, con los movimientos sociales…” La verdadera generosidad no se cierra al mundo ni decide verlo por una pantalla plana; sino que se abre a las emociones, a la participación política, a la colaboración con los otros sin reparar en los límites de la caridad televisiva. La generosidad, en su sentido más activo, se rebela contra todo carácter o naturaleza, si estos son entendidos como determinaciones o destinos inevitables. El mexicano generoso renuncia a su carácter sentimental; no voltea la cara paro no mirar la podredumbre, la pobreza o la tragedia; las mira de frente y no abandona la búsqueda del pensamiento que le permita transformar la historia de injusticia en la que vive todos los días.

Por supuesto, el sentimentalismo del Teletón no esta basado en esta generosidad. El Teletón no es más que un engaño publicitario que se aprovecha de nuestra desgana y nuestra afición por los atajos de los laberintos emocionales. Sin poder escapar a su banalidad, la discapacidad como estrategia de venta produce una solidaridad tan profunda como un chapoteadero. Al final, el público sentimentalizado es solapado y consentido; manipulado como una esponjita que lo único que sabe es absorber lágrimas de telenovela. Un público apático, conformista, a salvo de lidiar con la realidad que no se exhibe en la pantalla chica. Un público en que toda respuesta emocional genuina, variada, activa, colectiva, es reemplazada por esa flatulencia de solidaridad, ese vómito de lágrima, ese barro putrefacto de auto indulgencia: esa cajita de mierda con forma de corazón llamada Teletón.





1 Esta es una nueva edición de un texto publicado en 2010. Se puede ver la versión original aquí.
2It is much more easy to have sympathy with suffering than it is to have sympathy with thought”. Esta cita aparece en un excelente ensayo del célebre escritor irlandés titulado El alma del hombre bajo el socialismo.
3 Emilio Uranga fue un filósofo mexicano nacido en 1921. Su obra, tan escasa como original, se nutre de la fenomenología de Husserl, el marxismo, el existencialismo francés y la filosofía analítica de Russell y Wittgenstein. Las reflexiones sobre el carácter del mexicano que se citan en este ensayo se encuentran en su texto Ensayo de una ontología del mexicano publicado en 1949. Este texto se puede encontrar en la compilación de Roger Bartra Anatomía del Mexicano. México, D.F. Debolsillo, 2005 , pp. 145-158.
4 Dos reportajes interesantes sobre la canalización de recursos públicos al Teletón y los jugosos negocios que lleva a cabo Televisa con las donaciones se pueden encontrar en:
Cabrera, Rafael Teletón: el monopolio de la atención a la discapacidad. Emeequis, 295. 2012, pp. 36-43.
Olmos, Raúl. Teletón, la lucrativa creación de los Legionarios. Emeequis. 341. 2014, pp 36-45.

5 El simulacro, la hipocresía y la doblez del mexicano es posiblemente el tema más frecuente entre los que han tratado de entender el carácter del mexicano. Ejemplos notables de ello son Octavio Paz en su Laberinto de la soledad, la obra de Rodolfo Usigli, y el trabajo clásico de Samuel Ramos sobre el complejo de inferioridad del mexicano.
6 El filósofo esloveno Slavoj Zizek explicaría esto como un ejemplo emblemático de “capitalismo cultural”. Su posición se puede consultar en un entretenido video titulado “Primero como tragedia, después como farsa”.







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